
Hay personas que tardan más en darse cuenta que tienen que seguir su camino y no estar permanentemente comparándose con los demás, como si de un adolescente se tratara. Algunos lo tienen claro desde muy jóvenes y otros, en los que me incluyo, ya estaba en la mitad de la veintena cuando me di cuenta que si no marcaba mis propias líneas de lo que quería hacer con mi vida, nadie iba a venir a hacer ese trabajo.
De todo esto no había vuelto a pensar hasta que el otro día me encontré, en mi barrio, a J. Y no sé porque me vino esa reflexión tras hablar con él ya que en un principio no le vi mucho sentido a estos pensamientos. Ahora, un par de días después, puedo ver la conexión.
J. fue compañero de trabajo a principios de los noventa. Tres o cuatro años más mayor que yo pertenecía a los veteranos de un grupo de trabajadores que se llevaban bien dentro y fuera del trabajo. Era un mal profesional pero uno de los mejores compañeros que he tenido. Su falta de implicación, irresponsabilidad e inmadurez contrarrestaba con una fidelidad casi mosquetera hacia los que consideraba sus compañeros y amigos. Yo me incluía dentro del primer grupo ya que pocas fueron las veces que continuaba esa relación fuera del horario del trabajo. Esta manera de actuar la sigo manteniendo hoy en día.
Como relataba, hace un par de días paseaba por mi barrio y escuché una voz que hablaba por teléfono. En un segundo la relacioné a pesar que la última vez que la escuché fue hace cinco años en las que, casualmente, me lo encontré en un restaurante. Nos dimos un abrazo y aunque recordaba mi nombre y apellidos creo que tenía algunas lagunas y confundía alguna gente que se suponía que ambos conocíamos en común. El olor a alcohol, que J., intentaba disimular con un autocontrol experimentado, abrió la puerta de mi memoria. Fue padre muy joven y no sólo de uno sino que tuvo cuatro niños (hasta lo que yo sé) con su novia de toda la vida cuando todavía no había cumplido los veinticinco. La novia se dio cuenta que su juventud se había terminado e hizo de su resignación la fuerza necesaria para tirar del carro como tantas otras jóvenes. J., no. Él se rebeló contra el destino que se había marcado: llegaba tarde a casa, nos llamaba al trabajo para que le excusáramos ante unos jefes cada vez más decididos a despedirlo.
Yo cambié de trabajo y cinco años después me enteré que había caido en las drogas, poco después se separó. La mujer regentaba un bar de barrio y tiraba, con ayuda familiar, de sus cuatro hijos. Después lo volví a ver, como comenté, hace cinco años en un restaurante… Hasta ahora.
No le pregunté por sus hijos ya que desconozco su situación familiar y no es cuestión de abrir viejas heridas. Se despidió de mi y me dejó un sinfín de recuerdos que tenía almacenados en algún lugar de mi mente. No es exagerado afirmar que el aliento a alcohol “refrescó” mi memoria.
Y todo vuelve a lo del principio, a lo del camino de cada uno elige. Es verdad que, en muchas ocasiones, hay factores que te indican por donde ir. Pero en muchos casos somos nosotros los responsables. De los errores se deben aprender. La Vida nos puede traer una monotonía de décadas y de pronto un cambio radical en cuestión de días o meses. Las decisiones que tomemos en esos momentos críticos nos afectarán el resto de nuestra vida y la de nuestro entorno.
J. es una de las mejores personas que he conocido. De los que les podías dar la espalda tranquilamente. Su decisión fue dar la espalda a lo que el Destino le tenía reservado y su vida cambió. No sé si su mujer fue más feliz tras aceptar su madurez temprana y a resignarse a ser madre desde muy joven. No soy nadie para juzgar las decisiones de cada uno, pero lo que sí sé y vi el otro día es la misma mirada del que no ha querido que el Destino le marcara las cartas. Por último, ignoro si soy yo más feliz que él y si lo sería si me hubiera encontrado en la misma situación y hubiera tomado una decisión radicalmente diferente.
No lo sé.