En este agujero en el que estamos inmersos y que sólo los más optimistas ven luz al final del túnel, hay frases de toda la vida que toman una especial relevancia. Ahora que todos fijamos nuestras miradas inquisitorias en el gasto público o, mejor dicho, en la malgasto público de algunos políticos experimento la frase: “No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerla”.
En el que caso que me ocupa no se trata de un multimillonario que alardee de su fortuna en tu cara, ni de políticos que no ocultan sus derroches sino de miembros importantes de ONG´S y Fundaciones que trabajan incluso en la cooperación internacional que alardean de yate, potente coche de la marca de los aros y una actitud prepotente.
Sin hacer demagogia (en este caso no hace falta), tengo compañeros que las ve canutas para cobrar a fin de mes y siguen yendo a sus trabajos porque la gente que atienden no se la puede dejar ni un solo día. “Las mujeres (y hombres) del César”, no sólo hacen esa ostentación mencionada sino que son los que son capaces de reclamar veinte céntimos que han puesto de su dinero que faltaba para comprar algo.
Legítimo el dinero que han ganado y libres para gastárselo en lo que quieran y cuando quieran. Pero sí, se podría tener más respeto no sólo a la gente que trabaja a pie de calle sino a las personas a las que sirven ya que nunca tendrán un yate, ni un coche “de los aros”, pero sí tendrán la dignidad que intentar no cobrar esos veinte céntimos que es menos que el gasto del papel y la tinta del bolígrafo que se han gastado para hacer su reclamación.

Quid pro Quo